por Gustavo Burgos
Otra vez octubre. Octubre en Chile. La primera semana de octubre concentra la conmemoración de la muerte del Che Guevara y Miguel Enríquez. Es la oportunidad para muchos militantes de reunirse con viejos camaradas y proclamar la inquebrantable voluntad revolucionaria. Es, también, un momento para volver sobre viejos textos, viejos pero no menos febriles. Uno de los textos más fértiles, inquietantes y sugerentes en estas fechas es la legendaria Carta de Despedida de Ernesto Che Guevara a Fidel Castro. Leída sesenta y un años después, no puede reducirse a un documento íntimo, ni siquiera a la explicación política de su partida de Cuba. Para una parte considerable de la juventud revolucionaria latinoamericana de los años sesenta y setenta aquella carta adquirió el carácter de un verdadero ideario militante. Sus frases condensaban una manera de comprender la revolución, la organización y la propia existencia: renunciar a los privilegios personales, no considerar ningún cargo como propiedad, aceptar conscientemente la posibilidad de morir, concebir el internacionalismo como obligación práctica y medir la consecuencia política por la disposición a llevar las convicciones «hasta las últimas consecuencias». El Che escribe que en una revolución «se triunfa o se muere» y explica su partida afirmando que otras tierras reclaman el concurso de sus modestos esfuerzos. Esa concepción no quedó confinada a Cuba: pasó a formar parte de la educación sentimental y política de miles de jóvenes que durante la década siguiente ingresaron al MIR chileno, al PRT-ERP argentino, a Montoneros, al MLN-Tupamaros uruguayo, al ELN boliviano y a numerosas organizaciones menores que vieron en la Revolución cubana la demostración de que el orden oligárquico continental podía ser destruido.

